El movimiento revolucionario de 1868 dio paso a lo que se llamó Sexenio Democrático (1868- 1874), un periodo en el que en España experimentó un proceso de profundos cambios que afectaron a todo el país, no solo en el aspecto político.

Por ejemplo, durante ese periodo se adoptó una nueva constitución que recogió nuevos derechos civiles, empezando por la implantación de una democracia basada en el sufragio universal masculino, la aparición de partidos políticos, la libertad de reunión, de opinión y de asociación, los matrimonios civiles, la libertad de culto y la declaración de España como un estado aconfesional entre otros. En el terreno económico destacó la unificación de la moneda en torno a la peseta, que empezó a circular el 19 de octubre de 1868, y la implantación del sistema métrico decimal.

El proceso, en todo caso, no estuvo libre de disensiones y desencantos. Así durante los primeros años el gobierno estuvo en manos de un regente, el general Serrano, y de un presidente del Consejo de Ministros, el general Prim, el adalid de la revolución, cuya unidad política se vio truncada con el empeño del segundo por convertir al nuevo régimen en un sistema monárquico con la elección por las cortes de un nuevo rey en la dinastía de Amadeo de Saboya.

Tras el asesinato de Prim y la monarquía efímera de Amadeo (1871-1873), que acabó abdicando tras la quiebra del pacto entre los grupos políticos protagonistas del proceso, se proclamó la Primera República en medio del caos institucional. Cuatro presidentes se sucedieron en dos años (1873-1874) marcado por el estallido de la Tercera Guerra Carlista, la Revolución Cantonal, la continuación de la Guerra de Cuba y las conspiraciones constantes de los alfonsinos que deseaban la restauración de la monarquía en la dinastía borbónica y en el hijo de Isabel II, la reina depuesta, Alfonso.

El sistema democrático implantado por la unión de la burguesía más progresista y la ilusión de las clases populares en la revolución de 1868 cayó en el golpe militar de Martínez Campos en 1874, la proclamación como rey de Alfonso XII y el inicio de la Restauración, mientras se eliminaban todos los progresos en materia social y política del Sexenio democrático (se suprimió el sistema universal masculino, la separación Iglesia-Estado, las libertades de reunión, asociación y opinión, la libertad de cultos, etc).

En Béjar también se produjeron muchos cambios. La industria textil sufrió durante estos años un grave parón motivado por la ausencia de guerras interiores, lo cual pudo caldear el ambiente social de la ciudad. Precisamente con el estallido de la Tercera Guerra Carlista, justo durante la Primera República, el proceso se invirtió, propiciando una actividad frenética a caballo de estos años y los inicios de la Restauración. Durante los seis años, y como consecuencia de las libertades implantadas, se desarrollaron el asociacionismo obrero y las sociedades de socorros mutuos (los antecedentes de los sindicatos), y los movimientos sociales no permitieron la relajación de los poderes públicos con un auge continuo del republicanismo. Precisamente el republicanismo federal estuvo detrás tanto del intento de secuestro del gobernador provincial y del alcalde (1869) como del levantamiento bejarano contra las quintas (1872). Incluso durante la Primera República se intentó proclamar el cantón independiente de Béjar, proceso que se saldó con un rotundo fracaso.

En cuanto a la fisonomía de la ciudad, dos de los espacios más singulares de Béjar, pasaron de manos de la Casa Ducal al ayuntamiento, en el caso del Palacio Ducal (1869), y de la Casa Ducal a propiedades privadas, como El Bosque, que fue adquirido por el fabricante bejarano Cipriano Rodríguez-Arias también en el mismo año.

Otro elemento significativo fue el cambio de la denominación de algunas de las calles principales de la ciudad. La Calle del Puente pasó a llamarse desde entonces Calle de La Libertad. Y también cambiaron de nombre otras dos que recuerdan los sucesos revolucionarios: 28 de septiembre y 29 de agosto (en alusión a otro movimiento del año 1867), además del estrecho puente que permite el acceso a la Plaza Mayor desde el norte, fue renombrado como Puente de Alcolea en conmemoración a la batalla. No olvidemos tampoco la concesión por parte del Gobierno de los títulos de Liberal y Heroica en los primeros compases del Sexenio.